Introducción
Como término medio, el ser humano duerme una media de siete u ocho horas diarias, lo que supone nada menos que un tercio del total de las horas del día.
Por decirlo de un modo gráfico, si nuestra vida fuera una película de cine que durara dos horas y media, nos pasaríamos más de treinta y cinco minutos viendo escenas de cama, sin que por ello dejara de ser apta para todos los públicos.
Este elevado número de horas dedicadas a dormir y el profundo impacto que un adecuado o inadecuado descanso tiene en nuestras vidas (preguntadle si no a un narcoléptico) hace que encontrar un lugar adecuado para el descanso sea un asunto de extrema importancia.

Ya desde el principio de los tiempos, los habitantes del planeta sintieron la necesidad de protegerse del rugoso y rígido suelo de las cavernas en las que habitaban, para lo que utilizaba hojas secas y heno a modo de primeros y rudimentarios colchones.
Sin embargo, tuvieron que ser los romanos y los griegos, como en tantas otras cosas, los precursores de lo que hoy en día denominamos colchón. Para dormir de forma más placentera, rellenaban telas con plumas de ganso y cisne, lo cuál ofrecía una comodidad desconocida para la época.
Aún así, para encontrar el primer colchón moderno hay que viajar en el tiempo hasta 1478, cuando G. Pagadín ideó un artilugio de descanso para las largas sesiones de caza de la aristocracia francesa. Se trataba de una cama neumática, que fue bautizada en aquella época como cama de viento y que consistía en una rudimentaria cama inflable, de un estilo parecido a la que nos anuncian cada día en la televisión, aunque, claro está, con un mecanismo de inflado más acorde con la época. Por tanto, el primer colchón moderno no era utilizado, paradójicamente, para dormir, sino que se usaba para que la aristocracia francesa descansase mientras aparecía la siguiente presa
No fue hasta el siglo XVIII cuando se fabricó el primer colchón de muelles, aunque no eran excesivamente cómodos, ya que se trataba de muelles cilíndricos y no en forma de cono, como conocemos en la actualidad. El problema de los muelles cilíndricos es que no se comprimen al recibir la presión del cuerpo sobre el colchón, con lo que ofrecían una superficie de deslizamiento hacia el frente y hacia los laterales, provocando dolores de espalda, ya que los músculos tienen que estar pensionados para evitar el deslizamiento, y posibles caídas de la cama. Los muelles cónicos, por su parte, ofrecen la posibilidad de compresión, con lo que el cuerpo situado sobre el colchón recibe una superficie de descanso adecuada.
Hoy en día, existen multitud de colchones, de formas y fabricaciones muy diversas, ofreciendo prestaciones variadas a un precio muy diferente. Por tanto, es importante localizar la información adecuada para conseguir así adquirir el colchón que más se aproxima a las necesidades de cada persona.
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